Mire, voy a ser honesto con usted desde el principio. Cuando empecé a trabajar con Finrest hace unos tres años, era escéptico. Llevaba veinte años recetando melatonina, antihistamínicos, y en casos más complejos, zolpidem o trazodona. La idea de que un dispositivo pequeño pegado en la frente pudiera competir con años de farmacología del sueño me parecía… bueno, digamos que optimista. Pero entonces llegó el caso de la señora Rodríguez.