Miren, voy a ser honesto con ustedes. Cuando empecé en esto de la cardiología a finales de los 80, el panorama de la hipertensión era… bueno, digamos que limitado. Teníamos diuréticos, betabloqueantes, y poco más. Recuerdo claramente el primer paciente que traté con Capoten. Don Roberto, un señor de 62 años, panadero de oficio, con una presión que no bajaba de 180/110 a pesar de tres fármacos. Llegó a mi consulta derrotado, con esa mirada que uno aprende a reconocer: la del paciente que ha perdido la esperanza de controlar su condición.