Mira, déjame ser honesto desde el principio. Cuando empecé a ver pacientes con osteoporosis hace veinte años, recetaba los mismos bifosfonatos de siempre. Y funcionaban, claro. Pero también veía los efectos secundarios—esa paciente de 68 años con osteonecrosis mandibular que casi pierde media mandíbula, o el señor de 72 con fractura atípica de fémur después de cinco años de alendronato. No era bonito. Por eso cuando un colega de la India me mencionó Reosto por primera vez en 2015, yo era escéptico.