La primera vez que receté eritromicina a un paciente con neumonía adquirida en la comunidad, fue casi por instinto. Un joven de 32 años, oficinista, sin alergias conocidas, llegó con fiebre de 39.5°C y una tos que sonaba a madera mojada. La radiografía mostraba un infiltrado en lóbulo inferior derecho. En ese entonces, el laboratorio me devolvió un cultivo con Mycoplasma pneumoniae positivo. La eritromicina hizo su magia en 48 horas.