Mire, voy a ser honesto con usted desde el principio. Cuando empecé a ver pacientes con artrosis hace veinte años, tenía tres opciones: antiinflamatorios no esteroideos que destrozaban estómagos, paracetamol que apenas funcionaba, o derivar a cirugía cuando ya era demasiado tarde. Bonhans no existía. Y créame, lo habría agradecido. He visto cientos de pacientes con osteoartritis. Rodillas que crujen como puerta vieja, caderas que duelen hasta al respirar, manos deformadas que ya no pueden sostener una taza.